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La vanguardia del mundo

02 Junio, 2007 Escrito por: Redacción NF Tema: Caixón de sastre Xa van 2 comentarios →

Como anticipo ó día da Trinidade, reproducimos un artigo de José Román Flecha Andrés, profesor de Universidade Pontificia de Salamanca:

En el plató había una monja de clausura. Yo participaba en el programa La clave, sobre asuntos religiosos. Uno de los contertulios le preguntó a bocajarro para qué servían ellas. La buena monja empezó a explicar que bordaban y vendían dulces. Le rogué que no entrara por ese camino. En un mundo tan pragmático, no hay que estar siempre justificando la propia existencia con alguna utilidad inmediata y evaluable. Quien no ve la productividad material de las monjas les niega hasta el derecho a la vida.

Aquella noche recordé en televisión que en su libro “La ciudad secular”, Harvey Cox decía que “lo que peor que se puede decir de algo o de alguien es que es inútil”. Hitler llegó a crear los hornos de gas para eliminar las personas inútiles como judíos, inválidos y retrasados mentales.

Yo creo que no hay que desechar totalmente la idea de la utilidad, pero hay que librarla de la estrechez a la que la hemos sometido. Todos somos útiles, pero no siempre en el sentido de la productividad de bienes materiales que hoy se cotizan. Pues bien, en un mundo centrado sólo en los valores de la utilidad y del pragmatismo, la vida contemplativa aporta uno de los mayores servicios a la humanidad.

Desde un punto de vista meramente humano, la contemplación del bien, de la verdad y de la belleza es una espléndida contribución a la sociedad. En un mundo que valora a las personas por lo que producen, los contemplativos nos recuerdan que ningún ser humano puede identificarse jamás con el producto de sus manos. Todos somos más de lo que hacemos. La persona vale más por lo que es que por lo que tiene o produce.

Desde el punto de vista de la fe, la contemplación religiosa es un don de Dios, un anuncio de su presencia, una celebración de su misterio, un testimonio de su misericordia. Los religiosos llamados a una vocación contemplativa no se distinguen por su individualismo, ni por su miedo a las responsabilidades humanas. Con su silencio y su oración nos están haciendo el más precioso de los regalos. El de recordar la dimensión religiosa de toda persona. La de invitarnos a sublevarnos contra todos los reduccionismos que niegan esa contribución integral del ser humano. Nos están recordando la presencia y la llamada del amor.

Los contemplativos se parecen a los exploradores que Moisés envió a reconocer la tierra a la que guiaba al pueblo de Israel. Dos de ellos regresaron al campamento con informaciones que desanimaron a las gentes. Sólo Josué y Caleb volvieron trayendo buenas noticias y mejores esperanzas. No eran sólo palabras. Los racimos que traían colgando de una pértiga hacían ya visible el futuro que aguardaba a sus hermanos.

En la víspera del día de los contemplativos los reconocemos como la vanguardia del mundo. Ellos nos invitan a esperar un mundo nuevo y a caminar pacientemente hasta alcanzarlo.