Directo a la esencia de la familia cristiana
Un artigo especial para Nova Fronteira, por Segundo Pérez López (*)
Tradicionalmente los obispos, al dirigir su primera carta pastoral a sus diocesanos, hacen como una profesión de fe en aquello que creen prioritario proponer a los hombres y mujeres que han sido confiados a su ministerio pastoral. Y, al mismo tiempo, señalan las pautas pastorales por donde piensan que debe apuntar su compromiso con la Iglesia Particular que les ha sido confiada. Por ello, podemos decir que tenemos delante la opción preferencial de nuestro obispo al llegar a esta Iglesia Mindoniense. Así lo expresa él formalmente en la introducción de la Carta.
Podríamos decir que aborda un tema de suma actualidad, con sentido de su responsabilidad pastoral, y con la mirada puesta en el futuro. Es un tema que preocupa a toda la sociedad, por los muchos matices que implica, y que ningún grupo social se queda impasible ante el hecho de la familia, suscitando o proponiendo incluso diversos modelos que aquí no podemos analizar.
Ahora bien, Mons. Sánchez Monge, aborda el papel y función de la familia cristiana en la educación de la fe. No es esta una cuestión secundaria sino fundamental. La propuesta cristiana acerca de la familia tenemos que presentarla sin complejo de ningún tipo, porque creemos que esta propuesta responde plenamente a un visión antropológica del ser humano. De la persona humana realizada en su ser libre y abierta a la comunión como experiencia genuina de lo que significa ser hombre y mujer. La Constitución Gaudium et Spes del Vaticano II nos ha dado las claves para entender de forma renovada esta concepción del ser humano.
Dos textos podrían sintetizar, de alguna forma, lo que acabamos de señalar. Uno, entresacado del El Profeta, del escritor Khalil Gibrán. El pasaje se dirige a los matrimonios: «Vosotros nacisteis juntos (al amor), y juntos estaréis también cuando las alas blancas de la muerte pongan fin a vuestros días, pues continuaréis unidos en la memoria silenciosa de Dios. Pero dejad que haya espacio entre los dos. Que pueda el cielo pasar entre vuestros cuerpos. Amad, pero no transforméis el amor en una atadura… Las cuerdas del laúd están solas, aunque vibren todas con la misma música… Entregad vuestro corazón, pero no para que vuestro compañero lo posea… El roble no crece a la sombra del ciprés, ni el ciprés puede crecer a la sombra del roble».
El otro texto está extraído de una alocución de Pablo VI en Nazareth. Evoca la vida de la Familia Santa. Todos sabemos que aquella Familia es para los creyentes muy singular. Pero reconocemos con la Iglesia que es símbolo inspirador inagotable para la familia de todos los tiempos. He aquí el texto: «Nazareth nos enseña el significado de la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable, lo dulce e irreemplazable que es su pedagogía y lo fundamental e incomparable que es su función en el plano social» (5-I-1964). Por eso, nuestro obispo dice que educar en la fe, en definitiva, realizarse como familia cristiana en plenitud, es un gozo y una alegría. Alegría que es la prueba inequívoca de la existencia de Dios, señala citando a Gilbert Cesbrón, que unido a Agustín de Hipona, quien pone la prueba de la existencia de Dios en la visión del amor esponsal, nos dan un lazo y fundamento para entender el porqué la propuesta cristiana realiza a la persona humana de forma total y para siempre.
La Iglesia es netamente partidaria de una familia fundada en un matrimonio público heterosexual, monogámico, perpetuo, fiel, abierto a los hijos y a la sociedad. Afirma enérgicamente el primado del amor y de la comunidad en la familia. No alberga ninguna reticencia al proclamar y defender la igual dignidad del hombre y de la mujer, la responsabilidad y generosidad en la aceptación y educación de los hijos, el clima de diálogo y libertad en el hogar, la necesidad de ejercer la autoridad y de señalar pautas educativas, el respeto y el cultivo de la vocación individual de cada uno de los miembros, la formación para la vida cívica y, en el caso de las familias cristianas, la iniciación de los hijos a la fe y a la comunidad eclesial (Familiaris Consortio 37).
Los cristianos nos atrevemos a afirmar con las palabras del Vaticano II que «la salud integral de la persona, de la sociedad y de la comunidad cristiana está estrechamente ligada a la salud integral de la comunidad conyugal y familiar» (Gaudium et Spes 48). Y hacemos nuestras las palabras de Juan Pablo II: «el futuro del mundo y de la Iglesia pasa a través de la familia». Estamos convencidos de que promover una «cultura de la familia» es saludable para la sociedad. La Iglesia asume con pleno acuerdo las palabras de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (ONU, 1948): «la familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado». En la «Carta de los Derechos de la Familia» , Juan Pablo II, proclama que «la familia constituye más que una unidad jurídica, social y económica, una comunidad de amor y de solidaridad, insustituible para la enseñanza y transmisión de los valores culturales, éticos, sociales y religiosos, esenciales para el desarrollo y bienestar de sus propios miembros y de la sociedad» (Preámbulo, D).
Familia: ¡Educa en la fe!
La Iglesia es para los creyentes algo más que una inmensa institución benéfica y social que busca la sanación de las familias en dificultad, promueve los valores de la familia y reclama su efectiva protección pública. Ha recibido de su Señor la noble misión de anunciar «con alegría y convicción la Buena Noticia de la familia» (Familiaris Consortio 86) su mensaje específico de la familia a la luz de la fe. Por muy secularizada que pueda estar nuestra sociedad, el matrimonio y la familia entendidos y vividos a la luz de la fe siguen siendo saludables e interpeladores para la comunidad humana. Seguirían siéndolo aunque llegaran a ser realidades estadísticamente minoritarias. La visión cristiana de la familia y el matrimonio tiene sus raíces en la Palabra de Dios, expresada desde el Génesis hasta la Carta a los Efesios. Esta Palabra es explicitada y actualizada por la teología y encarnada en la praxis de muchas familias creyentes.
Dios, Padre y Madre, llama a los esposos a participar de su actividad creadora: «Creced y multiplicáos, llenad la tierra y sometedla» (Gn. 1, 28). Les invita a realizar esta misión trascendental con amor y responsabilidad. «En el deber de transmitir la vida y educarla… los esposos saben que son cooperadores de Dios y, en cierta manera, sus intérpretes» (Gaudium et Spes 50).
A la luz de la fe, la familia es «icono de la Trinidad». La distinción entre las divinas Personas, su igualdad y su única naturaleza divina encuentran un reflejo pálido, pero real, en la vida matrimonial y familiar, llamada a respetar la singularidad de sus componentes, a encarnar la igualdad del hombre y de la mujer y a vivir en la unidad solidaria del amor.
La familia cristiana es signo relevante, sacramental, del amor mutuo entre Cristo y su Iglesia (Ef. 5, 21-33). La entrega mutua y permanente, corporal y espiritual de los esposos no es una pura realidad humana. Ha sido elevada por el Señor al rango de uno de los siete sacramentos de la Iglesia. Es un signo de la Nueva Alianza entre Dios y la familia humana. Siguiendo a Ef. 5, 32, Familiaris Consortio nº 49, denomina a la familia creyente como «Iglesia en miniatura», una iglesia doméstica. Es decir, la Iglesia que está emplazada, tiene su hogar en medio de los casas de las demás personas de la familia humana. La comunidad familiar es una imagen viva y una representación histórica del misterio de la Iglesia. Es fiel a su vocación cuando realiza, a su escala, los cuatro grandes quehaceres de la Iglesia de Cristo: adorar, vivir unida, testificar la fe y servir a la comunidad humana.
La Familia cristiana es una vocación
Esta visión bella y grandiosa de nuestra fe pudiera parecer idealista e incluso ideológica si se proclamara en la ignorancia de las dificultades reales para encarnarla históricamente. Siempre han sido muy fuertes estas dificultades. Lo son tal vez especialmente en estos tiempos caracterizados por el «usar y tirar». El matrimonio y la familia cristianos están también sometidos a las leyes de la debilidad humana. El ideal cristiano es bello, pero exigente; es saludable, pero costoso. La familia concreta necesita ser sanada, fortalecida, ayudada, alentada por la gracia sacramental del Señor. Por ella «Cristo sale al encuentro de los esposos cristianos y permanece con ellos» (Gaudium et Spes. 48). «Dios, que ha llamado a los esposos al matrimonio, los sigue llamando en el matrimonio» (Familiaris Consortio 51) mediante la gracia sacramental que permanece en los cónyuges e impregna toda la vida de la familia.
La familia no es solo destinataria de la atención pastoral de la Iglesia. Es también sujeto de la acción pastoral. «La futura evangelización depende en gran medida de la iglesia doméstica» (Familiaris Consortio 52). La primera iniciación a la fe, a la oración y a la comunidad eclesial es cometido de la familia cristiana. En la familia, el Evangelio se transmite y se irradia; el Padrenuestro y el Símbolo de la fe se rezan y se aprenden; los primeros sacramentos se preparan y se viven; los mandamientos se ponen en práctica. El testimonio de unos padres que oran a la vista de sus hijos vale por muchas horas de catequesis parroquial sobre la oración. La misma vida familiar en sus momentos ordinarios y extraordinarios: los nacimientos, el aniversario de la boda de los padres, el cumpleaños de los hijos, las partidas y los regresos de unos u otros, el bautismo, la comunión, la confirmación de los hijos, los momentos de zozobra, la enfermedad, la muerte de un ser querido… es materia de oración compartida.
En edades de adolescencia y juventud «los padres deben afrontar con valentía y gran serenidad de espíritu las dificultades que encuentra a veces en los mismos hijos su ministerio de evangelización» (Familiaris Consortio 53). Sabemos que la indiferencia religiosa de los hijos suele ser una de las frustraciones de padres fervientemente cristianos. Por ello, siempre serán pertinentes por su parte el diálogo con los hijos sobre esta temática, el consejo discreto, el testimonio de una vida familiar coherente con la fe y la oración para el futuro creyente de sus hijos.
La intervención de la familia creyente no se confina dentro del recinto familiar. Se prolonga en la participación activa en la vida de la comunidad eclesial y, de modo singular, en la adscripción a grupos de matrimonios cristianos, en la acogida y acompañamiento prematrimonial y postmatrimonial a las jóvenes parejas, en la preocupación activa por las familias quebradas o lastimadas por el impacto relativista de nuestra sociedad. Para todo esto da orientaciones y propone caminos Mons. Sánchez Monge.
Estos son algunos de los aspectos que están en trasfondo de este hermoso texto de nuestro obispo. En él ofrece cauces para una vivencia renovada de la espiritualidad familiar y de la educación de la fe en la familia.
Termina su exhortación pastoral con la mirada puesta en el futuro. Una mirada confiada, positiva y de ánimo; que nos invita a no tener miedo porque el Señor nos acompaña en este hermoso quehacer. Es una buena propuesta para trabajar con las familias ya establecidas, pero puede ayudar mucho a aquellos cristianos que se acercan a nuestras parroquias porque quieren casarse “por la Iglesia”. O a los jóvenes de hoy que se encuentran con tanta “literatura” en donde se proponen formas de convivencia que no corresponden con la llamada profunda del ser humano. Todos tenemos la experiencia de que cuando les mostramos la verdad del sacramento del matrimonio, vivido en la fe de la Iglesia, sienten como que se les amplían las perspectivas de lo que ellos están viviendo sin haberlo formulado.
Seguro que este es un buen principio para fundamentar la programación pastoral durante los próximos años en nuestra Iglesia Diocesana.
* Segundo L. Pérez López é o director do Instituto Teolóxico Compostelán, rector do Seminario Maior de Mondoñedo Ferrol, e autor de varios libros, entre outros El amor que salva, Religiosidad Popular y Peregrinación Jacobea ou Cuarenta años de postconcilio. É ademáis o coordinador de Estudios Mindonienses, anuario de estudios histórico-teolóxicos de Mondoñedo – Ferrol
.:NF:. Realismo e esperanza para afrontar os problemas da familia
.:Web Diocesana:. Carta Pastoral de Manuel Sánchez Monge, bispo de Mondoñedo – Ferrol (PDF)
Como experto en pastoral familiar, o noso bispo, don Manuel, ven de publicar a súa primeira Carta Pastoral sobre a Familia. Como di na presentación, hai unha triple motivación para dirixirse ós pais, ás familias e ós seus diocesanos en xeral: a programación deste curso pastoral, dedicado á familia; a programación trienal das Delegacións de Catequese de Galicia que afrontan este tema; e a preparación do próximo Encontro Mundial das Familias, que vai ter lugar en Valencia a primeiros de xullo, coa presencia do papa Benedicto XVI.





