Uns intereses que non son os da sociedade
¿Que é ser cura? ¿Para que sirve un cura? Vaia pregunta! Sobre isto hai moitas teorías e moito escrito. Baixando á realidade, o caso máis cercano e que mellor coñezo de cura son eu mesmo. E, sen querer poñerme como exemplo de nada, por iso mismo eu son o cura sobre o que mellor podo opinar (e criticar sen medo a ofender a ninguén).
Intentar ser un bo cura non é fácil (selo xa debe ser megadifícil, se algunha vez o consigo xa vos contarei); do mesmo xeito que tampouco é fácil ser un bo cristián. As cousas boas da vida non son doadas. Pero a cuestión non é se é fácil ou non; porque todas as “dificultades” que conleva perden importancia ó comprobar como a propia vida serve a un fin máis importante que ela mesma.
Persoalmente o típico chiste de que os curas vivimos ben, traballamos media hora, un día á semana e encima bebendo viño, a mín séntame como un tiro. É certo que somos uns privilexiados, pero non porque non fagamos nada, senón porque facemos o que queremos, o que nos gusta.
Hai quen di que perdemos o tempo, pero eu creo que pasar dúas horas falando cunha persoa que non ten quen a escoite sexa perder o tempo, do mesmo xeito que pasar a mañá de visitas a tres ou catro anciáns non o é, ou empregar a fin de semana con rapaces de excursión. O tempo que paso rezando, aparentemente perdido, non é tal… Unha palabra de ánimo e un sorriso non é gastar saliva. En definitiva, o que move a un cura non son os intereses da sociedade. O que xustifica a miña actividade non son uns obxetivos nin criterios de empresa, senón só a fidelidade ó Evanxeo (e moi pouca xente pode presumir disto).
Un cura pode servir para moito e pode non servir para nada. Todo depende de quén responda; pero eu espero que a miña vida e o que fago e digo sempre sirva a alguén para sentirse máis cerca de Deus. Se non é así, polo menos ó final de cada día durmo tranquilo porque sei que fixen todo o que estaba na miña man, aínda tendo presentes os meus erros, que soen ser moitos.
Haberá quen pense que esa é unha vida perdida, absurda, alá el.




22 Marzo, 2006 ás 21:50
Fran: El chiste fácil de “vives como un cura” no deja de ser eso, un chiste fácil.
Justamente en esta sociedad en que el objetivo es la calidad de vida, las vocaciones sacerdotales escasean mas que nunca. Otro error. Los curas teneis la mejor calidad de vida:
* Sois vocacionales. Nadie estudia para cura porque la nota de selectividad no le dió para hacer otra carrera o or que las ciencias no se le daban bien en el bachiller.
* Trabajais para el mejor jefe: reconoce los éxitos y no reprocha los errores (Xto).
* Vendeis el mejor producto, el que no falla y tiene garantía de por vida (El evangelio)
* Estais respaldados por la mas grande institución. La única que ha sobrevivido a pesar de los errores, supongo que por estar acogida a la garantía de por vida (La Iglesia)
* Formais grandes familias (parroquias)
* Estais formados para no crearos necesidades inexistentes.
22 Marzo, 2006 ás 21:53
Felicidades y gracias a los que habeis escogido ser curas para los demás.
23 Marzo, 2006 ás 10:26
Explícalo de maravilla: a xente comenta sin conocer, critica sen saber moitas veces do que fala, etc… Sin embargo, os que temos o privilexio de conocer un pouco en qué consite a vida dun cura (primeiro que nada como crente) quedamos admirados: Esa confianza no Señor coa que vivides -como dices tú sin andar a facer contas, nin mirar rendabilidades, nin nada parecido- a min deixame admirada, cada vez máis…
Ver unha vida entregada o Señor e os irmáns é a mellor predicación, podes estar seguro.
Como dice Manuel, moitas gracias a todos polo voso traballo e a Deus por tervos chamado o sacerdocio.
5 Enero, 2007 ás 0:03
El sacerdote católico no es indispensable
En primer lugar, hay que tener en cuenta que Jesús no fundo iglesia alguna, ni tampoco instituyó la eucaristía que nos es conocida, ni lo uno ni lo otro, en contra de lo que se dice oficialmente en la iglesia. Desde luego, a él ni siquiera por asomo se le pudo ocurrir instituir un sacrificio cultural.
Cuando él se reunió en la última Cena con sus discípulos lo hizo por última vez como ya había hecho con ellos y con otros. Estas reuniones no tenían nada que ver con los sacrificios sacerdotales del templo, sino que eran y significaban otra cosa. Estas eran reuniones de amigos que se juntaban para celebrar el “ágape”, el amor que unos y otros como amigos se profesaban, que de esa manera hacían gozosamente patente y así mutuamente se demostraban. Y eran, por tanto, en principio “anticlericales”, pues no sólo no había ni se hacían diferencias entre unos y otros (gente de clase o casta distinta), sino que eran profundamente fraternales, donde todos se consideraban hermanos por ser todos igualmente, sin diferencias hijos de Dios. Esas eran las características de sus reuniones de amigos, también la última de la última Cena, como se dice. Por tanto, no tienen nada que ver con la sociedad clerical que divide al pueblo de Dios en dos clases distintas y separadas: la casta sacerdotal y el pueblo, o los clérigos y los laicos.
Si somos pues fieles a las intenciones y a la obra de Jesús, tenemos que reconocer que el pueblo tiene derecho a la celebración de la llamada Eucaristía, a esa reunión de amigos, tal y como hacía Jesús, sin sacar las cosas de quicio, pero en contra de una atávica costumbre o institución clerical, dado que la iglesia de Jesús no es ni, desde luego, puede ser una iglesia clerical. Y si Jesús, hoy como entonces, nos invita a reunirnos fraternalmente con la ocasión de la eucaristía o misa, como queramos, no es para celebrar un sacrificio sacerdotal en torno al altar, sino más que nada y sobre todo para, por ese camino, estimular nuestro amor mutuo, para animarnos a amarnos como él nos amó y para que, así reunidos y unidos, demostremos que nos amamos los unos a los otros y que le amamos a él, sabiendo que él por la fuerza y lealtad de su Palabra, también está con nosotros: “siempre que os juntéis dos o tres en mi nombre, allí estaré yo en medio de vosotros” Mt 18,20. Eso basta y no hace falta más. Pero es lo que por desgracia no ocurre con tantas y tantas eucaristías que se celebran todos los días en todas las iglesias del mundo, en las grandes catedrales y en el Vaticano. Pueden estar llenas, pero vacías de amor y de Jesús.
José Carlos Enríquez Díaz
5 Enero, 2007 ás 0:21
El Nuevo Testamento desautoriza el sacerdocio
El sacerdocio de Cristo sólo puede aplicarse a los cristianos por identificación cristológica y vital. Todos participan de la ofrenda de Jesús, interrogandose en su vida. Por eso, los dirigentes de la comunidad no son sacerdotes, sino guias o dirigentes.
El simbolismo sacerdotal de Cristo se aplica, pues al conjunto de la comunidad, pero no en línea sacral: no son sacerdotes separados en sentido antiguo (como Aarón), sino creyentes que ofrecen a los otros su palabra y les ayudan a vivir en comunión y a comprender los fundamentos y honduras de la fe. El sacerdocio de Cristo queda así asumido y actualizado en la misma vida de los creyentes. Todo intento de aplicarlo a la función sacral de unos jerarcas (obispos o presbiteros), que se llamarían por eso sacerdotes de la iglesia, carece de sentido, pues se opone a la letra y al espíritu de Hebreos. El sacerdocio no es algo o alguien separado, sino la vida entera de Jesús y de sus fieles, que se expresa en la latría del conjunto de la iglesia (12,28) y en la tysia u ofrenda de una liturgia que incluye la alabanza de los labios, las buenas obras y la kôinonia o cominión de bienes, que pudiera estar relacionada con la cena del Señor.
Evidentemente la tradición posterior podrá resaltar los signos sacerdotales de Jesús en la celebración eucarística de la comunidad, pero no podrá separarla de la vida del conjunto de la iglesia.
Ésta es la paradoja de Hebreos, texto antisacrificial, escrito para condenar el orden levítico, que Hebreos había rechazado y superado. Así, la iglesia católica se ha vuelto más judía que los judios de las sinagogas aplicando el simbolismo y jerarquía de los sacerdotes de Jerusalen a su estructura y liturgía sacral. Los judios de la federación de las sinagogas aceptaron de un modo consciente (y consecuente) el fin del templo y sus sacrificios, llorando su orfandad ante el muro de las lamentaciones. Por el contrario gran parte de la iglesia cristiana, en contra de Hebreos, ha recuperado y expresado el simbolismo sacral del templo de Jerusalen (y la sacralidad greco-romana) en su organización y en su liturgia, en línea del antiguo testamento.
Pienso que ha llegado el momento de volver a la letra y al espíritu de Hebreos, aceptando el fracaso-ruina de la sacralidad y jerarquía del viejo templo y destacando el carácter existencial (vital) y comunitario del sacerdocio de Jesus, que se expresa en el don de su vida a favor de los demás y se expande en la misma comunión gratuita, gozosa, transparente del conjunto de los fieles, que son eucaristía en su caminar comunitario centrado en la fracción del pan, y no por la función de algunos sacedotes especiales de la iglesia.
Hebreos identifica el sacerdocio con Cristo y lo aplica a todos los cristianos, que comparten y ofrecen su vida ante Dios, caminando con el único sacerdote al tabernaculo celeste.. Hebreos ha borrado y negado para siempre un tipo de sacralidad hecha de ritos y de sangre exterior, para identificar el sacerdocio-sacrificio con la vida de Jesús.
Cristo es Pastor y Obispo de nuestras almas (1Pe 2,25). Los destinatarios son exiliados y huéspedes “en tierra ajena”, amenazados, sin derechos civiles, ni religiosos reconocidos. Pero, en vez de exigirles resistencia y rechazo 1de Pedro les pide sumisión como una forma de dar testimonio de Cristo en el mundo. Así entiende la obediencia y fe en contexto de paz romana.
Cristo es Pastor y Obispo porque ha sido rechazado por su pueblo y ha sufrido sin vengarse, como el siervo de Isaías.
Por un lado el sufrimiento de Jesús se emplea para justificar la sumisión social, y no solo la gratuidad cristiana, con la entrega gozosa de la vida a favor de los demás.
Es posible que 1 de Pedro esté criticando implícitamente a quienes intentan hacerse pastores-obispos en la iglesia, pues solo Cristo es autoridad, en línea más israelita (pastor) o helenista (obispo), conforme a una visión que esta al fondo de Mt 23,8-12.
Siguiendo una línea de recuperación judía, 1 de Pedro interpreta la iglesia como Israel. Los cristianos viven en diáspora y exilio, sin tierra ni derechos sociales. De esa forma son pueblo de Dios, templo santo y sacerdotes de ese templo. El verdadero sacerdocio pertenece a todo el pueblo, por eso los que ejercen funciones directivas en la iglesia no serán en cuanto tales sacerdotes sino simplemente ancianos o presbiteros de ese pueblo.
El verdadero sacerdocio y reino ya no pertenece a los jerarcas de Roma (representantes del sistema), sino a la iglesia de los pobres de Jesús, persegudos y exiliados, que aparecen así como Israel verdadero (conforme a la cita de Ex 19,6). Ësta es la inversión mesiánica: emerge aquí la autoridad de los expulsados y excluidos. Jesús había ofrecido el reino de Dios a los enfermos e impuros (marginados) de Israel. Destinatarios de ese reino y sacerdocio verdadero son ahora los cristianos “exiliados” y oprimidos del imperio; ellos, los que nada pueden, son la verdadera autoridad sobre la tierra, signo de la gracia de Dios, portadores de su libertad sobre el sistema; pero conello ha invertido la visión de de Pedro, donde ella era libre precisamente porque acptaba su exilio y no pacta: no forma parte del sistema de poder del mundo. Sólo así vino a elevarse y ofrecer una palabra diferente (de gracia y no poder, de diálogo y no imposición) frente al sistema. Dificilmente se podía haber proclamado de un modo maás fuerte la libertad creadora de los seguidores de Jesús contra el sistema real y sacerdotal de Roma, que se eleva a sí mismo expulsando a disidentes y distintos.
No hay en Apocalipsis más sacrificio ni victima que Cristo, ni otro ritual que su muerte y manifestacón gozosa, como triunfador de la batalla escatológica y novio de las bodas definitivas de la humanidad. Pues bien, el mismo Cristo mártir y esposo, cordero sacrificado hace a sus fieles Reyes y Sacerdotes para Dios, su Padre (Ap1,6)
José Carlos Enríquez Díaz
5 Enero, 2007 ás 1:38
¿TIENE DIOS CHANCE EN LA IGLESIA CATÓLICA?
De momento no hay más que mirar las estructuras de la religión en las instituciones eclesiásticas para darnos cuenta de que en esa administración y esas características religiosas de la iglesia van llegando a su fin, si es que no han rebasado ya su fecha de caducidad. Este proceso de erosión comenzó a partir de la ilustración y sigue su curso. Eso no quiere decir que el hombre de hoy no sea religioso, pues la religión tiene en el hombre más calado y es más profunda de lo que parece. Pero el hombre de hoy busca a Dios más “inmediatamente”, sin sentir muchas veces la necesidad de acudir a mediadores, como corresponde a la mentalidad de los profetas del Antiguo Testamento y del mismo Jesús. La prueba está en que muchas gentes buscan a Dios incluso en otras religiones, donde mutuamente se enriquecen y fecundan. Es evidente, pues, “Dios es siempre más y mayor” que lo que nos ofrece nuestra propia religión, en este caso la católica, y concretamente una “iglesia clerical” y un Vaticano infalibles.
Si leemos bien el Nuevo Testamento constataremos que Jesús no tuvo intención de fundar una nueva religión sino que, siguiendo la visión de los profetas, no aspiraba más que a alcanzar una vida humanamente digna, una humanidad universal y una existencia verdaderamente humana para todos. Para eso era preciso cambiar de vida, de mentalidad, de actitudes, de comportamientos, es decir “convertirse”. Pero claro, a tal efecto con la tradición dogmática y el sistema doctrinal de la iglesia no teníamos nada que hacer, y es lo que la “causa de Jesús”, al ser traducida al helenismo se hizo extraña, se torno el evangelio en un cuerpo extraño, que a los jóvenes de hoy, sin duda, no puede entusiasmar. Sin gran esfuerzo es posible captar como este sistema doctrinal de la iglesia apenas o nada tiene que ver con las genuinas aspiraciones de Jesús, y que es un sistema frágil y prácticamente “increíble” es algo que se palpa en nuestro ambiente vital y cultural. Y es que, desfigurando el evangelio, se han trastocado las cuestiones de doctrina mayormente por parte de quienes en la iglesia católica detentan el poder.
Es posible que hoy nos encontremos en una época parecida a la del profeta Jeremías hacia el año 580 antes de Cristo. Respecto a la iglesia debemos recordar el gesto simbólico y profético del profeta Jeremías en Jerusalén hacía el año 600 antes de Cristo. Durante largo tiempo había padecido terribles visiones hasta llegar a convencerse de que los sacerdotes del Templo eran unos falsos asalariados y que los profetas cortesanos no eran sino aduladores y bufones, mientras los doctores e interpretes de la ley (sagrada Biblia) no eran más que gente arrogante que se afana por alcanzar y disfrutar del poder, y para ello mienten y tergiversan la Palabra de Dios hasta que los deseos de sus mandatarios se ven adecuadamente cumplidos, estableciendo de esa manera la ideología de “Dios nos ha elegido” y en su nombre hablamos y actuamos.
Lo que un día hizo el profeta Jeremías en el templo de Jerusalén fue algo espantoso y horripilante, un crimen de lesa ley sagrada, ya que reunió el pueblo en masa para celebrar el servicio religioso, Jeremías vociferando, instó a Dios a rezar por el rey enemigo Nabucodonosor de Babilonia a fin de que lo más pronto posible derribara y aniquilara los muros de la Ciudad Santa del Templo. Y así ocurrió. El templo fue destruido y los judíos deportados a Babilonia. Los contemporáneos de Jesús, que conocían esta historia, al verle se preguntaban si no sería él una especie de Jeremías que había regresado. A tal efecto, nos tenemos que preguntar qué ocurriría si hoy volviera Jesús de Nazaret a la iglesia y al Vaticano y repitiera su mensaje evangélico. Me temo que volvería a enfurecerse como ya se enfureció una vez en el Templo de Jerusalén abarrotado de gentes y que su mensaje sería tan duro y acerbo, y tan desesperadamente expectante como lo fueron entonces las palabras de Jeremías.
El mensaje de Jeremías apunta a la caída del Templo y de la casta sacerdotal que administra la religión. Jeremías dice que Dios habla al hombre en su corazón, en su conciencia, y que, en lo referente a Dios, nadie tiene necesidad de que le den lecciones magistrales, y menos dogmáticas, sobre Dios mismo y sus ministerios. No es, pues, raro que a la vista de tal situación y de la historia de la iglesia haya habido en ella reformadores que intentaron decir y hacer las cosas de otra manera. Pero siempre han sido marginados y, a poder ser anulados, porque en la iglesia católica no se ha tolerado la libertad intelectual del espíritu, no se ha comprendido esa inmediatez del hombre con Dios y su propia personalidad. Los mismos sacerdotes lo tienen hoy en día mal, pues los jerarcas no están dispuestos a cambiar o reformar la iglesia –sus estructuras, su funcionamiento y su ministerio- (a pesar de la solemne declaración del Concilio Vaticano II de que la iglesia debe ser reformada y transformada incesantemente) y tienes que conformarte mayormente con administrar sacramentos y ofrecer otros medios rituales y devocionales, como si de rebajas se tratara. Si acaso, poco más. Pero eso no se corresponde con las enseñanzas de Jesús, con la confianza que él nos dio respecto a Dios, que es Padre bondadoso (Abba), y que quedo expresado en el Padrenuestro. Claro, para relacionarnos así, filialmente, con Dios no se necesitan mediadores, ni tantos ritos sagrados, ni sacrificios y ofrendas, sino sólo hombres que voluntariosamente se ayudan a encontrar a si mismos, a encontrar el camino de su vida que les lleva a Dios, que es, por esencia, plenitud. Esta enojosa situación tiene que sufrirla el sacerdote y tiene que sentirse importante si él, de verdad, quiere estar, como Dios, cerca del hombre y ayudarle humanamente a ser él mismo, el que Dios, en definitiva, quiere. Y entre su sacerdocio y su humanidad sufre forzosamente una especie de esquizofrenia, al sentirse por un lado obligado por la institución que representa y por otro inclinado hacia la humanidad del hombre que es. El ideal sería ser un “hombre sacerdotal”, o sea un hombre que en la vida, existencialmente, enseña a los demás hombres a serlo realmente, como Jesús lo enseño, el “sumo sacerdote de la existencia”, no de la religión oficial. Pero en la iglesia no hay libertad suficiente como para poder ser un “hombre sacerdotal”, pues el sacerdote está institucionalmente demasiado atado a la institución y a sus ministerios o funciones burocráticas, de tal manera que, hasta hoy en día, se impone un juramento de absoluta obediencia a los jerarcas o te la juegas toda a una carta. Y en la iglesia institucional no parece, como quien dice, tener ganas de cambiar y tampoco de ser más tolerante y comprensiva, en una palabra más “humana” y eso que Dios al encarnarse se hizo “hombre”.
La iglesia Católica todavía no ha aprendido que lo primero y primario de su misión y vocación es hacer “hombres” cabales y no, aunque parezca paradójico, cristianos de corte, sobre todo, eclesiástico y no aptos y educados para la vida. Para ello sigue, más que nada diciendo misas y administrando sacramentos sin saber muy bien ella lo que hace y quienes lo reciben lo que eso quiere decir.
5 Enero, 2007 ás 2:11
VICTIMAS DE LA IGLESIA INSTITUCIONAL
Ya sabemos que recientemente, al comenzar el milenio, Juan Pablo II se ha dirigido al mundo para pedir a Dios perdón (se lo tendría que haber pedido al mundo, a la humanidad) por los errores, barbaridades y culpas cometidas por los dos mil años de cristianismo: inquisición, persecución de judíos, herejes y brujas, bautismo a sangre y fuego, cruzadas, etc. Numerosos siguen siendo en la iglesia los hombres, las mujeres y los niños que están traumatizados por los duros golpes que reciben en la iglesia, hoy más bien psíquicos o morales, claro está. Tanto miedo o terror metidos en las cabezas y en las almas de tantas gentes a base de sermones terribles e implacables sobre el infierno y el demonio, o en las inmisericordes confesiones sacramentales en las que te sientes atacado o zarandeado por todos los flancos. Numerosas gentes que se han divorciado y que se han vuelto a casar son despreciadas y humilladas por Roma al no consentírseles acercarse a la comunión. Si trabajas en una institución eclesiástica y vas a tener un hijo fuera del matrimonio (ilegítimo, dicen) te echan (pero no te echan si abortas clandestinamente, claro); si te casas por lo civil o con un divorciado también corres la misma desgracia y te echan (si eres capaz de ocultarlo no, claro) no vale la honradez y sí la hipocresía. El cura que se casa tendrá mujer pero perderá la parroquia, aunque la parroquia quiera al cura (casado) las mujeres que tienen que ver con los curas son en general Evas y seductoras. Y los “frutos del celibato”, los hijos que los curas han tenido por ahí, por ahí andan sin padres, porque el cura prefirió, animado por la jerarquía, continuar sus tareas sacerdotales en contra o abandonando a la madre y al hijo o los hijos. Una vez más la ley eclesiástica, en este caso el celibato, se impone a los más elementales y fundamentales derechos humanos, como la familia, la mujer y los hijos. Tienen razón las mujeres al sentirse heridas y maltratadas por la iglesia católica romana institucional a pesar de todo lo que trabajan en ella Nada de sacerdocio de la mujer, nada en absoluto, ni siquiera esta permitido hablar del tema oficialmente. ¡Cuantas parroquias en el mundo entero se sostienen gracias al celoso y duro trabajo de las mujeres, monjas y seglares! La iglesia es desagradecida y arrogante, y eso se siente en el alma.
La intoxicación de las almas sigue su curso en doctrinas y actitudes de la iglesia a pesar que el concilio Vaticano II abrió puertas y ventanas. No importa el concilio Vaticano II fue pronto olvidado y enseguida enterrado.
La iglesia católica romana no se reforma porque, al fin y a la postre, no lo quieren los jerarcas. Son ellos los incorregibles, interesadamente incorregibles, pues al cambio perderían mucho, prerrogativas, privilegios y prebendas, ese es un hecho cantante y sonante, perderían lo que, al parecer, más se quiere en este mundo, para bien o para mal: poder y dinero. Y eso no entra en sus planes, no va a estropear su carrera, la carrera que un día a dedo les regalaron las altas jerarquías y entre tanto el pueblo sigue aguantando y sufriendo sus dictados, son las victimas ¿hasta cuando?
José Carlos Enríquez Díaz
6 Mayo, 2007 ás 21:45
José Carlos, en tus comentario metes muchos temas, creo que incluso mezclando algunos. Si quieres podemos hablarlos con más calma, quizá en algunas cosas tengas razón y en otras no, nadie está en posesión de la verdad absoluta, nadie.
31 Julio, 2007 ás 17:40
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